¿Qué
apellido es?, ¿De qué barrio?
Y al escuchar las respuestas, todos
decimos Aaaaaaaa…! ella será pues, claro que le conozco a la mamitica, sobrina
de la mamá de la ahijadita de mi tía es pues, vecina de la comadre del tío de
mi papá, hija del que trabaja allá pues alado del negocio de la prima de don
José.
¡Es verdad que siempre Latacunga
fue pequeña!, pero de guaguas jamás la vimos así, nos parecía lejísimos “El
Parque Chochos” (Hoy Parque Náutico Ignacio Flores), o “El Ejido” (Hoy
Aeropuerto, La Cocha). Si mas no recuerdas tu abuelita de seguro te llevaba a
misa y ahí era donde te dabas cuenta que no solo la iglesia era gigantesca,
sino la cantidad de gente que saludaba con ella, y a ti con un grito de
abuelita mismo te decían: “Qué bárbaro que grande que está el guagua”, “Cuantos
años tiene mijito”, “En qué grado está”, y como siempre te daba un estirón de
la mano tu abuelita y te decía “Salude Mijito ques pues”, “Discúlpele no sé qué
le estará pasando”.
Fue en ésta etapa de la vida donde supimos
que NUESTRA ABUELITA era GRANDE Y MÁS CONOCIDA QUE EL BIZCOCHO DE DULCE, ahora
muchos las recordamos con nostalgia; es a ellas a quienes les debemos todo ese
trabalenguas que se arma cuando nos hablan de alguien y decimos “Me suena, me
suena”. Crecimos y en el barrio con los nietos de las vecinas jugábamos pelota,
carnaval, canicas, trompos, y mientras crecíamos íbamos a la casa del niño o
niña más “Guaguayashca” de padres adinerados que como siempre era quien de regalo
de navidad recibió un Play Station, una computadora, y caminaba “Nanay” hecho
el “Alhajita” o si fuiste tú quien era ese niño pues “no te hagas” también te
creías “muy mucho”.
Entramos al colegio y nos dábamos
cuenta que a las niñas ya no se las veía de lejos, sino hasta con beso en la
mejilla había que saludarles, o me vas a negar que tu abuelita no te decía
“Salude a su nueva amiguita, ya vaya a jugar mientras acabamos de cocinar”, en
esas reuniones familiares donde tocaba sacar las sillas de la cocina para hacer
alcanzar a tanta gente que entraba en Navidad.
En esta etapa ya debías oler bien,
ya usabas camisas y ya no el “Bvd” (Bividi) la camiseta y el buso blanco que
siempre te obligaban a ponerte. Siempre buscábamos la excusa perfecta para ir
con los amigos/as a jugar y le decíamos a la Abue que nos íbamos a la casa de
“Doña Tere” la abuelita del Alejito nuestro mejor amigo, (que ahora ¿Dónde
estará tu mejor “amiguis” de la infancia?).
En esta época ya nos sabíamos los
nombres de los papás de nuestros amigos porque siempre tocaba decirle a alguien
que de pidiendo permiso para salir de la casa y cuando escuchaban “ESTÁ
CASITGADO/A” decíamos bueno gracias y colgábamos, pero eso sí, cuando había la
posibilidad nos escapábamos, ¿O me van a negar?
Ya cuando tocaba ir a fiestas en
las casas del cumpleañero/a o a la One Way (porque era la única que hacía
Matinés), la lista de nombres crecía más y más y la lista de travesuras también
como la primera borrachera, el primer beso, el primer novio o la primera novia,
o cualquier otra que si llegaba el chisme a la casa, nuestra abuelita nos
defendía del “Tayta Enojon” o de nuestra “Mama Peliaringa”
Ay abuelitas, sin sus mil amigas
que se reunían a Tejer o a jugar Telefunquen (este era su Facebook), Latacunga
no tendría estos jóvenes veinte y treinta añeros que se conocen y tienen 286 o
más amigos en común.
Benditas redes sociales, ahora no
hace falta hacer nada para que la gente ya hable suponiendo “algo” por una
publicación que hiciste, ahora las noticias de lo que pasa en esta tierra
corren mucho más rápido que el agua del Cutuchi en época de llovizna. “Si te
enteraste que ayer han asaltado a la tienda de la mamá del chico que está
estudiando en la ESPE, ese chico que vive acasito alado de la panadería de Doña
Rosa”. Hermoso este lenguaje tan Mashka.
Cada vez que escucho un
trabalenguas de estos, me acuerdo de ti abuelita querida, tú sabías hacer redes
sociales, tú sabías el cumpleaños de toda la familia, tú sabías guardar en los
álbumes de fotos los mejores recuerdos y cada que “había visitas” los sacabas
para mostrar nuestras peores fotos.
ABUELITAS,
sin ustedes LATACUNGA NO HUBIERA TENIDO GENTE TAN CERCANA Y ALLEGADA, no sería
la Ciudad donde todos nos conocemos.
Ahora que
estamos grandes, no permitamos que se mantenga ese mal refrán “Ciudad pequeña,
infierno grande”, cambiémoslo por “Ciudad pequeña, Amistades Grandes”
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